La historia secreta de odios, traiciones e infidelidades de la familia Etchevehere

Dolores Etchevehere fue marginada de la familia porque era “la desobediente”, además de que las mujeres siempre fueron desplazadas de participar y conocer los negocios del grupo a lo largo de cuatro generaciones de pactos de poder.

Para los Etchevehere era normal hacer esperar a una persona durante horas. No importaba si venía a negociar el precio de la soja o el maíz, o a pedir un poco de agua para la bomba: cuando la familia estaba adentro de la casa y el ama de llaves avisaba que había alguien afuera, lo común era dejarlo esperando cuatro o cinco horas.

“Para demostrar poder y sumisión. Ellos aceptaban a un trabajador si y solo si esa persona era sumisa y obediente. No calificaba si trabajabas bien o mal, tenía que cumplir con las órdenes de lo que fuere y aceptar un pago muy bajo: ser sumiso, obediente y cobrar casi nada. Esa era la fórmula para trabajar con mi familia”.

Lo dice en tono de confesión Dolores Etchevehere; confesión de una desobediente al mandato familiar opresivo.

Dolores acusa a sus hermanos de violencia económica, narcotráfico, fraude al Estado, trabajo de servidumbre en sus campos. Más allá de las denuncias formales en la Justicia, Dolores comparte cotidianidades del hogar donde se crió. Historias de una familia que porta el apellido de un radical conservador que fue candidato a vicepresidente de Pedro Eugenio Aramburu en 1963, abuelo de Dolores, y de un exgobernador de Entre Ríos, su bisabuelo.

Cuatro generaciones

La historia comienza con Luis Lorenzo Etchevehere, quien fue gobernador de Entre Ríos en la década del ’30 y fundador de El Diario, principal diario de Paraná. Empresa que décadas más tarde sería vaciada por sus bisnietos, según Dolores. El Poder Judicial de Entre Ríos cajoneó el caso hasta su relanzamiento de la causa en el marco del Proyecto Artigas, y ahora citarían a los hermanos y la mamá de Dolores a declarar.

Luis Lorenzo tuvo siete hijos: seis mujeres y un varón, Arturo J. Etchevehere, único heredero de sus posesiones.

El abuelo de Dolores se quedó con todos los inmuebles y contactos políticos del padre. Con esos activos se dedicó a gestionar El Diario y a aumentar la riqueza familiar. Le hizo firmar un compromiso a su mamá (Margarita Fernández de la Puente, viuda del gobernador) para que le cediera los derechos de los campos a cambio de una cuota mensual. Puso todos los bienes de la familia a su nombre bajo el argumento de que cuidaría de sus hermanas e inmediatamente transfirió las propiedades a testaferros en Santa Fe bajo el argumento de que así los protegía de “probables expropiaciones del peronismo”.

Dolores tiene muy presente esa historia familiar cuando habla de la discriminación que padeció. “Me di cuenta desde jovencita que ninguna de las hermanas mujeres quedaron dueñas de nada. Mi abuelo de una forma u otra las hizo desaparecer”, cuenta.

La tercera generación es la de Luis Félix Etchevehere, papá de Dolores, que se casó con Leonor Barbero y tuvieron cuatro hijos. Dolores fue la tercera. Ella, Luis Miguel, Juan Diego y Sebastián se criaron en un hogar con una madre y un padre que vivían juntos pero se llevaban mal.

“Mi mamá siempre fue engañada por mi padre. Todo Paraná sabía el nombre de la novia de papá, vivía cerca de casa. Papá no la quería a mamá porque tenía su novia”, dice Dolores. A pesar de eso se seguía sosteniendo esa apariencia de familia unida. “El vínculo entre ellos era horrible, mi madre tuvo una vida triste al lado de mi padre, pero la entusiasmaba la plata”, describe.

La obsesión de los negocios

Los Etchevehere tenían un monotema: en las visitas al campo, en las cenas, cuando volvía de hockey o de piano, Dolores veía a su papá y a sus hermanos evaluando si darle para adelante o no con alguna posibilidad de negocio con la gobernación, con el Poder judicial.

“En la mesa, cuando se hablaba de negocios y yo quería meter un bocado la constante era que no, que conmigo no se podía porque era desobediente”.

Para participar de esas “movidas” Dolores tenía que confirmar su fidelidad a la familia. Pase lo que pase había que cumplir con el pacto de poder. “Como yo era desobediente, dudaban de mí”. Dolores no participaba pero miraba: se acuerda perfecto cuando Luis Miguel lo agarró del cuello a su papá porque no quería avanzar con algún negocio.

“Cuando mi papa decía bueno ya está, tenemos varias cosas abiertas, siempre el reclamo de Luis Miguel era por qué no le dábamos para adelante con todos”.

–¿Por qué te consideraban desobediente? –le preguntó Página/12.

–Porque cada vez que escuchaba el armado de un negocio, comentaba algo muy cortito al estilo de “¿te parece?”, “¿es necesario?” o “¡ah bue!”.

Solo por disentir con una palabra Dolores era catalogada de chica y de grande como desobediente. Desobediencia judicial fue el delito por el cual la arrestaron el jueves 29 de octubre pasado al negarse a desalojar la estancia de su familia en Casa Nueva.

Recuerdos

Los Etchevehere no se tomaban vacaciones. Iban al campo familiar, pero siempre para hacer algo puntual: a ver cómo estaba la producción o cerrar algún negocio. Si se le pregunta por su primer recuerdo, Dolores dice el campo y la naturaleza: “Yo igual lo disfrutaba y lo disfruto muchísimo, pero como plan familiar tenía ese toque de tensión de que siempre tenía que estar pasando algo”.

De sus hermanos no tiene lindos recuerdos. Le interrumpían los momentos de armonía con su papá, quien “me extraía un poco y recortaba la realidad, me decía vamos a tomar unos mates y hablábamos de otra cosa”. Dolores lee mucho y la literatura rusa es su debilidad. Tolstoi, Chejov, Dostoievski. “Ahí hay una gran inspiración respecto a quienes tienen el poder y quienes trabajan la tierra”.

Menciona que a su mamá le molestaba el vínculo cariñoso que mantenía con Luis Félix. Le decía: “yo no sé por qué lo querés tanto a tu papá si él a vos no te quiere”.

“Era una descartada”

A los 18 años se instaló en Buenos Aires. Fue la única de los hermanos que no trabajó en alguna de las empresas familiares. La única que sabe lo que es un recibo de sueldo. Con el dinero que ganaba se iba de viaje. Recorrió Kenia, Tanzania, Uganda, Ruanda, Burundi, Zaire, Somalia y la India de norte a sur.

En esos viajes reconoce que nació su identificación actual con el Proyecto Artigas. “Hacía foco en el comienzo, en tratar de que los niños no se enfermen, tratar de que no tengan hambre. Ir a la base, al alimento, a la nutrición para prevenir. Claramente había un Proyecto Artigas sin saber que iba a haber un Proyecto Artigas”.

La historia familiar que siguió es conocida. Once años de investigación y denuncia contra un manejo fraudulento de su herencia por parte de sus hermanos que no discrimina perjudicados: productores rurales, socios, acreedores, Estado, su propia hermana.

Dice que tuvo una epifanía leyendo sobre la teoría del descarte en “Laudato si”, la primera encíclica del Papa Francisco. “Me di cuenta que era una descartada y reflexioné sobre este concepto porque viví un proceso igual”.

Una identificación por redes y diarios con Juan Grabois terminó en un llamado. “Yo le pedí lo siguiente: esta batalla me consumió diez años de mi vida, quiero ponerme en marcha porque soy una mujer de acción”. Y así nació el Proyecto Artigas.


Sumate a nuestro canal de WhatsApp haciendo click en la imagen


Sumate a nuestro canal de Telegram haciendo click en la imagen


Sumate a nuestra Fan Page en Facebook haciendo click en la imagen