Enfermos por algo más que un virus

Cuando allá por el 20 de marzo arrancamos con la primera fase del aislamiento social nadie tenía conciencia plena de lo que nos esperaba en los meses venideros.

Las noticias que llegaban de Oriente o Europa eran muy lejanas y todo era como una película de algo que sucedía muy lejos de nuestras fronteras. Con el correr del tiempo el virus llegó a nuestro país y esta semana a nuestra ciudad.

En todo este tiempo la preocupación pasaba por qué hacer con los gurises en casa, cómo cumplir con las tareas que llegaban de la escuela, las colas para hacer las compras de alimentos, usar o no tapabocas, conseguir alcohol en gel, respetar el distanciamiento y varios etc más. Luego comenzamos a cuestionar al gobierno, a pedir por “nuestros derechos”, a reclamar libertad, a cuestionar por la “infectadura”. Queríamos salir a caminar, a correr, a jugar al tenis, a reunirnos con amigos y familiares, en fin, a todo aquello que nos habían prohibido por un virus hasta ahora inexistente en nuestra ciudad.

Y un 9 de Julio nos despertamos con el virus en casa. Una casa chica, donde casi todos nos conocemos.

Y aquí comienza esta nueva historia, la que nos volverá a redefinir como sociedad, lo que seremos o dejaremos de ser de aquí en adelante. Quizás no sea momento para un análisis profundo, aún estamos shockeados por la noticia, pero sí podemos analizar nuestras primeras reacciones, y no son para nada buenas.

Nuestro “caso cero” es un profesional de la salud, existían muchas posibilidades de que lo fuera. Nuestra primera reacción como sociedad, “el pánico”.

Este se evidenció de múltiples maneras. Cuestionando la forma en la que nos enteramos del caso, cuestionando los cuidados que tuvo el profesional hacia el resto de la sociedad cuando seguramente ya presagiaba un posible contagio, cuestionando las decisiones que se toman desde el municipio o el hospital, cuestionando todo lo que se hace o se deja de hacer.

¿En qué momento nos convertimos en lo que somos? ¿Cuándo dejamos de ver al otro como un semejante para convertirlo en un enemigo? En los albores de la humanidad el hombre comprendió que uniéndose conseguía protección, seguridad y aprovechaba mejor los recursos. Hoy transitamos el camino inverso, vivimos en una sociedad que se parte y resquebraja día a día, donde cada uno cree que diferenciarse y hacer la suya es la única forma de preservarse.

El egoísmo, la codicia y la hipocresía son las banderas de este tiempo. Hacemos marchas de protesta exigiendo por nuestros derechos individuales sin importarnos lo que sucede alrededor. Medimos el éxito cuantificando nuestras posesiones materiales, vacíos por dentro, pero relucientes por fuera.

Asistimos a una sociedad enferma atacada por un virus invisible, pero no se trata del COVID-19, es mucho más letal, este virus no ataca nuestro organismo, ataca nuestras convicciones, ataca lo que somos y lo que hacemos como seres humanos. La vacuna para combatirlo no se desarrolla en ningún laboratorio, se produce en nuestro interior. Deberemos volver a recuperar valores como la solidaridad y la empatía, de no hacerlo, pereceremos enfermos de odio sin importar riqueza o condición social.


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