Historias de nuestro pasado que no debemos olvidar

La Cárcel de Coronda fue un lugar de concentración de prisioneros políticos durante la última dictadura militar. Por allí pasaron centenares de compañeros con los que tuvimos que soportar la aplicación de un régimen sistemático de verdugueo y vejámenes tendiente a destruir nuestra moral.

Tras el golpe del 24 de marzo de 1976, el número de presas y presos políticos que desde mediados del‘74 poblaban las diferentes cárceles del país creció dramáticamente, alcanzando los 8.625.Para fines de ese año, la cifra de “detenidos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional” había aumentado 40%.

Entonces la Junta Militar decidió concentrar a esos 9.825 reclusos, que pronto superarían los 10.000,en seis unidades penales. Las mujeres fueron alojadas en la Unidad Penitenciaria de Villa Devoto (Capital Federal). Los varones en la unidades penitenciarias de Resistencia (Chaco), Sierra Chica (Olavarría, Buenos Aires), La Plata (de Buenos Aires), Rawson (Chubut) y Coronda (Santa Fe).

El aumento de las detencionesy su centralización se correspondió con un feroz endurecimiento del régimen penitenciario, cuyo objetivo apuntaba al aislamiento, desarraigo y destrucción física y moral de los internos.

Cuando a partir de 1984 muchos compañeros comenzaron a denunciar los tormentos físicos y psíquicos a los que fuimos sometidos por elementos de Gendarmería ―fuerza a la que la Junta Militar le había asignado el manejo de la Cárcelde Coronda―, se tomó cabal conciencia de la dimensión y alcances del plan sistemático represivo que se inauguró en 1976.

El sistema penitenciario, con sus rehenes los presos políticos, fue una parte central de la estrategia de aniquilamiento de la Dictadura, junto a los centros clandestinos de detención, la persecución, el secuestro, las desapariciones y los asesinatos masivos que se perpetraron en la Argentina durante 7 años.

Después de mucho insistir con las denuncias, el 14 de Diciembre de 2017, 40 años después de los hechos perpetrados, se toman las denuncias de los compañeros y comienzan a ser juzgados por el Tribunal Oral Federal de Santa Fe dos comandantes de Gendarmería. Ambos imputados por dos homicidios cometidos en el penal de Coronda y por tormentos agravados contra otros detenidos.

En el comienzo del debate, el fiscal sostuvo: “Bajo el ropaje de un centro de detención legal, la Cárcel de Coronda se caracterizó por dar a los presos políticos un trato semejante a los que se les aplicaba en los centros clandestinos de detención, y en donde se cometieron las más aberrantes violaciones a los derechos humanos”.

Así comienzan a brindar testimonios una infinidad de compañeros quienes van detallando toda y cada una de las torturas a las que se nos sometía.
Gendarmería aplicó con esmerada crueldad las nuevas disposiciones y reglamentos disciplinarios ordenados por los comandantes.

En Coronda, su metodología consistió en dividirnosa los 1.100 detenidos políticos en tres pabellones.El primero estaba destinado a los que se portaban bien y, por lo tanto, tenían todos los beneficiosde los presos comunes: puertas abiertas todo el día, lecturas, televisión, visitas normales todas las semanas, radio, mate, diarios, cigarrillos, etcétera.

En el pabellón intermedio iban a parar los que estaban en “estudio”, compañeros a los que se vigilaba y auscultaba con distintas modalidades para determinar sus convicciones ideológicas y temperamento.Recibían allí sólo unas pocas comodidades, las mínimas y elementales para su subsistencia.

Finalmenteestaba el Pabellón N°5.El pabellón de castigo, o como le decían los milicos: el pabellón de “los irrecuperables”.Fue en este últimodonde se aplicó de manera impiadosa todo el manual del sistema de aniquilación física y psíquica.

En efecto, el sistema imponía el aislamiento progresivo de los reclusos que al principio comprendió la prohibición de hablar entre nosotros, pero que al poco tiempo derivó en el confinamiento estricto, hasta quedar absolutamente solos en la celda.

Las visitas se fueron espaciando en su frecuencia y acortando en su duración. Cada 45 días, en un locutorio, a través de un vidrio y hablando por un tubo. Duraban tan solo15 o 20 minutos y para los familiares incluía el hostigamiento cínico y el humillante procedimiento de requisa. Desde desvestir y quitarle hasta los pañales a las criaturas en pleno invierno, a los registros más gravosos y vejatorios contra la dignidad e intimidad de las mujeres.

El control de la actividad carcelaria se extendía a un régimen de puertas cerradas durante todo el día, impedidos de hablar siquiera con uno mismo, sin poder hacer nada en una celda de 2,80 por 3,40 metros, y en ausencia perpetua de cualquier elemento o artículo que no fuera únicamente lo que llevábamos puesto,sin mate, ni radio, libros o revistas.

Debíamos abstenernos de hacer ejercicios físicos,de cantar o silbar en la celda. Censurados de toda información externa, nos manteníamos ajenos a cualquier noticia, a tal punto que me enteré de que la selección argentina de fútbol había ganado el Campeonato Mundial ‘78 una semana después, por el comentario de una visita.

Estábamos totalmente aislados del mundo.Eso perseguía el plan de aniquilación física y psíquica: despojarnos de cualquier perspectiva personal e histórica,arrasar toda forma de solidaridad. Éramos un simple número,olvidados en un agujero negro de donde podían sacarnos encapuchados para alguna para una golpiza nocturna.

Otra forma de verdugueo eran los castigos, que eran continuos y acumulativos.Nos sancionaban por la insurrecta decisión detirarle migas de pan a las palomas; por la irreverencia pedirle permiso a un guardia para hablar; por incurrir en hechos inofensivos absurdos, reales o inventados, que se les antojaba adjudicarnos.

Al llegar a los cinco castigos, el correctivo era una excursión a las tumbas…¡por cinco días!
Las tumbas eran calabozos de confinamiento solitario, ubicadas en los laterales de los pabellones. De dimensiones asfixiantes, contaban apenas con una tarima de cemento por cama, una letrina y una pileta.

Uno ingresaba a las tumbas con lo único permitido: un rollo de papel higiénico y una toalla. Se salía de allí con el cerebro envuelto en una maraña de alucinaciones que se mantenían a raya a fuerza de imaginación y de caminar durante horas y horas en ese silencio de muerte.

Hubo compañeros que estuvieron varios meses sin salir de ese lugar.A mí me tocó, por suerte,visitar las tumbas solo en tres ocasiones nada más. De alguna forma, fue todo un triunfo personal.

A las 10 de la noche te tiraban una colchoneta vieja,plagada de chinches,y una frazada gastada por el tiempo que no abrigaba nada y que te la quitabana las seis de la mañana, cuando más frío hacía.

Cuando por algún motivo nos sacaban del pabellón, para atravesar cada una de las rejas ―que eran muchas―, el guardia que nos acompañaba gritaba para que del otro lado nos abrieran:

―¡Acá llevo un delincuente subversivo!

Era una forma más con la que buscaban denigrarnos. Entonces yo contestaba con un murmullo casi imperceptible:

―Subversivo, sí. Delincuente, nunca ―decía no con la finalidad de que me escucharan sino, acaso, para convencerme a mí mismo.

Cierta vez alguien me escuchó, no recuerdo bien las circunstancias, y me preguntó por qué subversivo sí.Entonces le solté al carcelero como una proclama última y urgente, la definición madurada en las horas, los días, los meses y años que llevaba de encierro:

―Porque de “subversivo” lo acusaron a Jesucristo. “Peligroso subversivo latinoamericano” declararon a San Martín cuando llego a Francia y le prohibieron la entrada. Subversivos fueron también Güemes y Artigas. Y muchos otros que se opusieron al poder.

La falta de atención médica era parte del régimen de exterminio. Nos atendían dos médicos, Valls y Traverso eran sus apellidos, si mal no recuerdo. Se sentaban en una mesa, uno enfrente del otro, y mientras charlaban de bueyes perdidos nos examinaban con el menor interés.

Esposados,permanecíamos parados en la punta de la mesa hasta que nos preguntaban, sin dejar conversar entre ellos, qué dolor teníamos.
Y sin siquiera mirarnos jamás a los ojos, nos recetaban algunas pastillas. Nunca nos revisaron, ni preguntaron nada de nuestro estado de salud.

Recuerdo cuando un compañero se presentó ante ellos a denunciar una golpiza tremenda que había recibido el día anterior. Su cuerpo estaba lleno de marcas y moretones.

―Te caíste de la escalera―le dijo uno los médicos con un tono más de afirmación que interrogativo.

―No, doctor. Yo estoy en una celda de la planta baja―respondió el cumpa.

―No importa, tomate una aspirina y se te va a pasar.

Era evidente que no les interesaba nuestra salud, más bien lo contrario. Era otra forma de tratar de quebrarnos, de destruirnos, de matarnos de a poco.

El aislamiento fue terrible y junto a la falta de atención médica constituyó un trabajo de destrucción desmoralizante orientado al exterminio, aunque sin la violencia patente de los otros asesinados por el terrorismo de estado.

Así sucedió con tres compañeros que murieron por falta de atención médica. Estas basuras de médicos, más que juramento hipocrático, al momento de recibirse deben haber hecho un juramento hipócrita.

Bien lo sabía el director de la cárcel, el Comandante de Gendarmería, Adolfo Kushidonchi (alias el Japonés), que se paseaba y con una sonrisa irónica nos decía: “de aquí pueden salir únicamente de dos formas: o muertos o locos.

Para enfrentar este sistema perverso de aniquilación nos apoyamos en nuestros ideales, en nuestras profundas convicciones ideológicas.Hicimos de la cárcel un espacio de militancia. Sostuvimos nuestra dignidad ante todo, sin quebrarnos, sabiendo que enfrentábamos cada día un futuro totalmente incierto.
Como verdaderos hombres libres no íbamos negociar nunca nuestra libertad. Mucho menos nuestras ideas.

Se preguntaba Luis Nono Ortolani, un gran cumpa del pabellón:¿Cuál es el límite de la resistencia de un hombre? ¿Hasta dónde se puede soportar la persecución, los castigos, el aislamiento, la pérdida de los más elementales derechos y hábitos de la vida cotidiana?

Pudimos hacerlo apoyándonos en nuestras convicciones, en nuestros ideales.También usamos dos cosas fundamentales: la solidaridad total y la comunicación, dos elementos claves para resistir.

Aprendimos el lenguaje mudo de los presos comunes (con señas de las manos). También el sistema morse. Nos acostumbramos a hablar por el caños del inodoro con el compañero de la celda de abajo;con el jarro como audífono sobre la pared del compañero de al lado.

Así fue que la gran mayoría salimos íntegros moral y psíquicamente. Simplemente, seres humanos comunes y corrientes, puestos en situaciones límites a las que enfrentamos y salimos de ellas más o menos bien. Pagando, claro, algunos costos, pero moralmente enteros.

Para la sustanciación de esta causa se contó con el valioso aportedocumental de las directivas del Ejército, que en julio de 1977 el comandante de la Zona 1, General de División, Carlos Guillermo Suárez Mason, emitióde manera secreta al Servicio Penitenciario.
Rescatada de los archivos que se salvaron de la destrucción, la campaña de “Recuperación de Pensionistas”, en alusión de los detenidos políticos, señalaba en su punto 15 (Instrucciones de Coordinación) cómo debía hacerse la clasificación de los “Delincuentes Subversivos encarcelados”.
A saber:

Grupo 1: (Resistentes).Actitud negativa, presentan características de irrecuperabilidad. Indóciles. Presentan un fuerte sustento ideológico.

Grupo 2: (Indefinidos).Presentan dudas. Requieren mayor observación y ser sometidos a la acción psicológica.

Grupo 3 (Dúctiles). Tienden a colaborar con el personal del Servicio Penitenciario. Presentan síntomas de desmoralización. Tienen voluntad para acceder a un proceso de recuperación.

Estos eran algunos de los conceptos de este instructivo para el despliegue del terrorismo de estado en la Cárcel de Coronda, la única de la Argentina que estuvo bajo control de la Gendarmería Nacional.

Este documento titulado “Campaña Pensionistas, clasificado como “SECRETO” por el Comando del II Cuerpo del Ejército, el 7 de Abril 1977,forma parte del expediente y se encuentra reservado en Secretaría del Tribunal Oral Federal de Santa Fe.

Lo relatado aquí fue expuesto por la querella en la acusación y finalmente, el 11 de Mayo de 2018, fueron condenados los comandantes de Gendarmería Adolfo Kushidonchi, a 22 años de prisión. y a Juan Ángel Domínguez a 17 años.

Fueron hallados culpables de los Delitos de Lesa Humanidad por tormentos agravados a los perseguidos políticos, y doblemente agravados por resultar la muerte de los compañeros Luis Alberto Hormaeche y Raúl San Martín. SE HIZO JUSTICIA.

 

Artículo del Escribano Ernesto F. Martino para Neo Net Music

Aclaración:

Este artículo se realizó en base a las declaraciones de los compañeros y de los documentos obrantes en el libro Coronda, 40 años después,Diario de un Juicio, siendo autor responsable “El Colectivo de la Memoria” de Santa Fe.

Se incorpora también la experiencia personal de quien suscribe este artículo, que compartió durante dos años y medio el Pabellón N° 5.


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