La gran tentación de Macri: Licuar deuda con atraso cambiario

La antigua ortodoxia del Fondo Monetario Internacional se hubiera rendido a los pies de la Administración Macri: cuando en las recetas clásicas de Washington la inflación era mala palabra, ahora se le acepta a la Argentina, como si nada, un plan de ajuste con más del 35% anual.

La realidad se impone y en 9 meses de 2018 el gasto fiscal (principalmente sueldos y jubilaciones) logró ser reducido más de 14 puntos en términos reales sin desbordes sociales de protesta, como los que tuvo el Fondo en Europa. Inclusive, por bastante menos que eso, al ex ministro de la Alianza, Ricardo López Murphy, casi le prendieron fuego cuando anunció un 10% neto de recorte en el marco de un paquete de estabilización. Otra heterodoxia que hubiera hecho santiguar a aquel director gerente francés que le tocó al gobierno de Raúl Alfonsín, Jacques de Larosiere, como a la implacable americana Anne Krueger, con la que lidió el menemismo en los ´90, es la que ve venir la cátedra nacional: la consumación de un atraso cambiario preelectoral que, por más que afecte a las exportaciones industriales y a algunas regionales que ganaron terreno con las devaluaciones, licúe una porción de la carga de intereses de la deuda del BCRA, que totaliza US$20.000 millones, al pesificarla. No es un tema menor, ya que forma parte de un rojo financiero de 8 puntos del PBI, que es la verdad de la milanesa a cubrir más allá del papeleo fiscal.

Hubiera sido impensado para las antiguas burocracias del Fondo Monetario Internacional aprobar planes de estabilización de un país con tasas de inflación superiores al 35%, como lo hizo la actual con Argentina.

Los laboratorios económicos de Washington se rinden ante la evidencia de que por el camino de la esterilización monetaria se llega a resultados que los ajustes ortodoxos, sometidos directamente a protestas sociales activas, no terminan de concretar.

Los auditores del FMI registraron que los ingresos fiscales mejoraron 28,1% en los 9 meses que van del año , o sea quedaron un poco abajo del 34,1% que acumuló el Índice de Precios al Consumidor en ese lapso, pero paralelamente los gastos se licuaron hasta el 20,3%, gracias a que las prestaciones sociales subieron 28% (6 puntos menos que la inflación) y las partidas salariales lo hicieron 17,8%, es decir, casi la mitad que el IPC.

Estos cálculos, que fueron difundidos por el CENE de la Universidad de Belgrano, explican el porqué de tantas contemplaciones hacia la política inflacionaria a la que apela el gobierno de Mauricio Macri para hacer el ajuste fiscal volcando los precios relativos hacia la energía, pero a la vez para crear un espacio al repago de intereses del abultado endeudamiento que generó, presuntamente para financiar un supuesto gradualismo, en la primera parte de la gestión.

Y como las heterodoxias atraen más heterodoxias, asoma un bis del carry trade de aquel tramo inicial, cuando Federico Sturzenegger conducía el Banco Central y fijaba una tasa de interés de referencia superior a las expectativas de inflación relevadas en el mercado combinada con una paridad cambiaria relegada, consecuencia de una sostenida liquidación de divisas producto de las entradas constantes de inversiones golondrinas.

Como en la etapa preelectoral en ciernes será el FMI el que asegure la provisión mediante los desembolsos trimestrales del stand by ampliado, el BCRA puede elegir si atrasa el tipo de cambio, comprándolas o no para juntar reservas, y alentar a los fondos y bancos locales a hacer pingües ganancias con l as tasas, de modo de contribuir a bicicletear los US$20.000 millones de los distintos bonos que convergen en la autoridad monetaria.

El ciclo de Guido Sandleris se diferencia del de Sturzenegger en que ahora se ató la pauta monetaria al déficit primario 0 para quitarle dinámica a la inflación. Y que no habrá flujos financieros inyectados por un gestor de Wall Street como Luis Caputo, sino que el FMI, personificado en el orden local por el titular de Hacienda, Nicolás Dujovne, será el proveedor.

La economía preelectoral de Macri, en consecuencia, quedaría signada por una inflación que funciona como licuadora del gasto fiscal a los efectos de garantizar que se cumpla la meta del déficit primario neutro presupuestado y por los giros del FMI que sostienen una especie de seguro de cambio por un año que se constituirá para la nueva versión del carry trade.

La prioridad política del gobierno para 2019 consiste en que la ciudadanía, que es la que votará, sienta que hay dinero y, con eso, le cambie el humor en vísperas del comicio.

La apuesta oficial tiende a inclinar más la balanza hacia el consumo interno que a crear condiciones de competitividad para favorecer la exportación.

De todos modos, sólo con que no se repitan las adversidades climáticas de la campaña agrícola anterior, la normalización de la soja por sí sola devolverá bonanza a los volúmenes de ventas externas de granos y aceites, reactivará la zona núcleo y el complejo agroindustrial y portuario del Paraná.

También hará su aporte la mejora que se espera en la minería, sobre todo en cobre, más el litio.

En todo caso, las que más que perder tendrían ante un eventual retraso cambiario serían las producciones regionales, que según el IERAL de la Fundación Mediterránea, en las exportaciones de 12 de 17 productos relevados entre enero y setiembre de este año, denotaron notables alzas respecto de igual período de 2017.

Atribuye este comportamiento a mejores cosechas, pero también a un cambio de mix de la facturación, ya que derivaron más productos al mercado externo y sacrificaron stocks.

Las variaciones más significativas se anotaron en porotos (142 % interanual), vino a granel (119 %), leche (80 %), carne (72 %), ciruela (58%), manzanas y aceites de limón (24 %), limón (12 %) y peras (11 %). En el caso del petróleo, el aumento (en dólares) fue del 312 %.

La balanza puede esperar

El adelanto cambiario por las devaluaciones que se sucedieron de mayo a agosto potenció inicialmente la competitividad agropecuaria en carnes, trigo y soja, cuya comercialización anticipada permite a los exportadores aprovechar para hacerse rápido de las divisas antes que la inflación deteriore su poder adquisitivo y colocar los pesos a las siderales tasas actuales con salida cambiaria asegurada por lo menos hasta la elecc ión presidencial.

La paridad actual potencia la competitividad especialmente en el sector primario: si se toma a la Unión Europea como mercado único, Argentina se ubica como uno de los 10 principales exportadores de bienes agropecuarios y de alimentos del mundo (y uno de los 15 mayores si se divide a la UE por países). Esto ha producido, por caso, que en nuestro subcontinente sea el país con mayor cantidad de “AgTech” y “FoodTech” startups (con 60, seguido de Brasil, que exhibe 43, de un total de 172 en la región).

La mayor demanda mundial de alimentos que se prevé a mediano plazo debido al crecimiento poblacional del planeta hasta 2050 requerirá de un alza de 45% en la producción global, lo cual representa oportunidades para nuestro país, a condición de que se trabaje en competitividad sistémica (macro y mesoeconómica), en el acceso a mercados, en el desarrollo de mejores atributos competitivos de las empresas involucradas y en una mayor participación en las cadenas internacionales de valor, según reporta Marcelo Elizondo, presidente del capítulo argentino de ISPI (International Society for Performance Improvement), investigador y profesor del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), miembro consultor del CARI y director de la consultora DNI.

A tal efecto, presentó en la reciente reunión de la OECD, la FAO y el ICTSD en Nanjing (China) un estudio que muestra que la inserción de Argentina en las cadenas agroalimentarias mundiales será la que genere los dólares comerciales que se necesitan de modo inminente, también en el mediano plazo y a futuro estratégicamente.

Afirma que la recuperación de las exportaciones agropecuarias en 2019 hace que el gobierno prevea un alza de unos de 20 puntos porcentuales en las ventas externas.

Desagrega que con los bienes se rondarán los US$71.000 millones (deberían sumarse unos US$18.000 de servicios seguramente), pero advierte, no obstante, que habrá algún déficit intersectorial (aun después de la devaluación) en la industria, los servicios y la energía.

Así y todo, el saldo comercial sectorial de los capítulos I, II, III, IV, VIII, IX y X del nomenclador (agroproducción) arrojaría el año que viene un superávit de US$34.600 millones, con exportaciones por US$42.100 millones.

La foto del día de las exportaciones es menos optimista y el atraso cambiario en ciernes podría prolongar esa sensación. Sólo muestran una mejorta de 3,5% en los primeros 3 trimestres de 2018, antes por mejores precios que por los volúmenes vendidos.

Los US$76.500 millones que se esperan sumar entre bienes y servicios en 2018 representarán el 0,31% del total mundial de US$24,1 billones, lejos del 0.8% que generaba hace 50 años, y más aún del 2,7% que lograba en 1945.

Comparativamente, en los últimos 12 meses las exportaciones brasileñas crecieron 19%, mientras que en el primer semestre de 2018 las ventas a de Chile fueron 21% superiores, las de Perú -en ese lapso- 18%, las de Colombia 14%, y las de México 11%.

 

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