El infierno en el que vivió Sheila: Drogas, robos e intento de violación

La nena de 10 años desapareció mientras jugaba en el barrio de su papá. Cuatro días después la encontraron asesinada. Sus tíos están acusados del crimen.

“¡Me violó! ¡me violó!”, se escuchó desde una de las canchitas de Campo Tupasy, en el barrio Trujui de San Miguel. La que bajaba gritando de uno de los departamentos del segundo piso era Leonela Ayala (25). Atrás la seguía “Cachi”, su pareja, o Fabián Ezequiel González Rojas (24).

El episodio ocurrió a principios de este año y fue la primera vez que le perdieron la paciencia a González Rojas. Los que estaban jugando al fútbol en el predio lo fueron a buscar para “matarlo” y “Cachi” alcanzó a meterse en la casa de su madre, Elsa Rojas, una de las “dueñas” del campo usurpado. La historia tiene dos versiones: una señala que González Rojas golpeó y violó a Leonela. La otra, que en realidad el hombre había querido abusar de su hija de 9 años, y que por eso la mujer bajó a pedir ayuda.

La bronca contra González Rojas se venía acumulando desde hacía mucho tiempo por otros episodios como robos a vecinos, maltratos a sus hijos y peleas derivadas del consumo de alcohol. Pero tras las acusaciones de abuso no le alcanzó con ser el “protegido” de Tupasy. Su madre le tuvo que sacar un pasaje para que volviera a Paraguay, donde pasó varios meses especulando con que el tiempo le volviera a dar crédito en el barrio. No hubo denuncia formal del episodio y la pelea quedó como una más.

“Cachi” volvió antes del nacimiento de su cuarto hijo con Leonela. Fue justo cuando su sobrina, Sheila Ayala (10), estaba por mudarse al campo Tupasy con su papá. Tres días después de llegar al barrio, la nena desapareció. La encontraron estrangulada adentro de una bolsa de basura del otro lado de una medianera que daba al balcón de sus tíos.

Horas después del hallazgo del cuerpo de Sheila, González Rojas fue detenido. Está acusado de “homicidio doblemente agravado por alevosía y femicidio”. Su esposa Leonela también fue arrestada y quedó imputada como coautora del crimen. Tuvo a su bebé bajo una fuerte custodia policial.

González Rojas llegó a la Argentina desde Encarnación con su mamá Elsa cuando era chico. Vivía en el segundo piso de un departamento del predio y se movía como lugarteniente por la zona, una de las más postergadas del oeste del Conurbano.

El estilo de vida de González Rojas, que fue padre a los 15 años, y tiene antecedentes penales por robo, se determinó en gran parte por el lugar de privilegio que ocupó su madre tras la muerte de quien era el dueño de Campo Tupasy, Rubén Camacho.

Camacho era el esposo de Delia Rojas, hermana de Elsa y tía de “Cachi”. Cuando murió, ella y sus tres hermanos se repartieron el predio, que hasta ese momento funcionaba como un lugar donde se realizaban festivales que incluían misas, jineteadas, torneos de fútbol, pileta, baile, comidas y asados. Todo eso podía pasar en el mismo lugar en un solo día.

Durante la semana, las puertas del predio quedaban abiertas y los vecinos de Trujui podían atravesar el lugar para comunicarse con el otro lado del barrio y no tener que dar toda la vuelta. Hoy el lugar permanece cerrado con llave.

A González Rojas lo conocían casi todos los vecinos de adentro y afuera de Tupasy. En gran parte porque vivía en un vagar constante en el que todos en algún momento del día se lo cruzaban por la calle.

De a poco, el “respeto” que le tenían se fue erosionando. “A Leonela la maltrataba y por eso los hermanos de ella le tenían bronca”, contó a Clarín un amigo de González Rojas. “La hija le tenía terror. Él la miraba y a la nena se le transformaba la cara”, dijo una mujer que conoce el día a día de Tupasy.

Después de que “Cachi” cayera preso, le empezaron a atribuir a él algunos faltantes de plata y cosas de valor de las casas del barrio. Pero nadie se animaba a enfrentarlo por miedo a perder su lugar en el predio. Hasta el día que Leonela salió a denunciar una violación a los gritos.

Yanina Pereyra (29), la mamá de Sheila, asegura que no sabía sobre las acusaciones de abuso. Si no, no hubiera dejado que Sheila y sus hermanos, Alejandro (11) e Ian (7), fueran a quedarse a lo de su padre y estén gran parte del tiempo en la casa de la tía Leonela, madrina de la nena.

Sheila nació y se crió en el barrio Trujui. Sus papás siempre vivieron allí y se conocieron de chicos, por un amigo en común. La relación prosperó y cuando él tenía 19 y ella 18 nació Alejandro, su primer hijo. Un año después llegó Sheila y más tarde Ian.

En una casa donde nunca sobró nada, las peleas eran más frecuentes cuando no había trabajo. Juan Carlos Ayala, conocido como “Pitu”, hacía changas de jardinería y construcción y su esposa limpiaba casas.

Mientras, los chicos crecían. “Siempre les pudimos dar todo, iban a la escuela y comían”, cuenta Yanina.

Pero un día la relación entre los padres se rompió. “A él le gustaba la joda y yo era la que siempre se tenía que quedar en casa con los nenes”, asegura Yanina. La mujer debió encarar sola la crianza de sus hijos, ayudada por las asignaciones por hijo y por sus trabajos por hora. Vivían en un humilde departamento ubicado en Villa Trujui, partido de Moreno. A 15 cuadras de Campo Tupasy, donde se fue a vivir Juan Carlos.

Unos años después, Yanina tuvo a su cuarto hijo, Alex, con otra pareja. En un contexto marginal, la droga habría aparecido como un recurso. Así lo reconoció Yanina a la Policía durante la búsqueda de su hija, cuando aún se manejaban todas las hipótesis: “Dijo que le compraba drogas a una mujer peruana. Cuando uno de sus hermanos cayó preso, usó la plata de la venta para pagarle un abogado. Ahí le quedó debiendo 6.000 pesos”, afirmó una fuente del caso a Clarín. Sin embargo, ante la consulta de este diario, la mamá de la nena aseguró que nunca vendió drogas.

En el último tiempo, la relación entre Yanina y Juan Carlos no atravesaba el mejor momento. Él quería la tenencia de sus hijos y ella se negaba, según cuenta la mujer. Pero justo antes de la desaparición de Sheila, el hombre fue a verla con una abogada y ella firmó un acuerdo. “Yo no sé leer. Me engañaron para que le dé la tenencia y él quedarse con la plata de la asignación”, dice Yanina.

En medio de esa disputa, el jueves 11 de octubre, Yanina dejó a Sheila y sus hermanos en la casa de su papá. El domingo a la tarde la nena desapareció mientras jugaba en la puerta del predio Tupasy. Los investigadores creen que fue asesinada en la casa de sus tíos durante un intento de abuso.

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