La conmovedora historia de la nena con síndrome de down que encontró una familia

La habían encontrado, a los 2 años, desnutrida y en estado de abandono. No hablaba ni caminaba. Cómo cambió su vida con su nueva familia adoptiva.

Adolfo Montenegro (44), profesor de Ciencias de la Educación, y Gustavo Gómez Toranzos, su pareja, querían ser padres pero aún no se habían anotado formalmente. “Yo ni siquiera sabía lo que era una convocatoria pública”, cuenta Adolfo a Infobae. Quien lo explica es Matías Palomo, psicólogo del Registro de Adopciones de Salta.

“Las convocatorias públicas tienen como fin buscar familias para los tres grupos de mayor complejidad: hermanos, niños con patologías complejas crónicas o discapacidad, y chicos que superen los 8 años. Se usa cuando se han agotado todas las búsquedas a nivel local y nacional y no se han encontrado postulantes para adoptar a chicos con estas características”.

El llamado, en este caso, decía: “Se trata de la niña M. F. Z. (5 años) quien padece Síndrome de Down y problemas motrices derivados de la falta de estimulación”. Fue Gustavo, que es psicopedagogo y atiende a muchos niños con algún tipo de discapacidad, quien dijo: “Presentémonos”. Era viernes. El lunes fueron al juzgado a pedir los formularios que debían completar.

No fueron los únicos que se presentaron: otras dos familias llegaron con intenciones de adoptarla. “Estábamos esperando, de ansiosos habíamos llegado muy temprano. Gustavo me miró y me preguntó: ‘¿qué pasa si el cuadro es más complicado de lo que creemos?’. Yo le dije: ‘Si estamos acá es porque estamos seguros de lo que estamos haciendo. Si vos estás conmigo, yo estoy tranquilo. Le metamos pata”, dice.

“Lo que nos contaron fue que la habían encontrado a los 2 años en un estado de abandono muy severo. No la cuidaban sus progenitores sino sus hermanitos, de 6 y 8 años. Tenía un cuadro de desnutrición grave y estaba deshidratada”, recuerda Adolfo.

Quedó internada y fue difícil recuperarla (tuvieron que alimentarla por sonda hasta los 3 años). Después, fue a vivir al Hogar “Casa Cuna”. La Justicia evaluó si alguien de su familia biológica extendida podía hacerse cargo de ella (tíos, abuelos) y, como no fue posible, la nena entró en estado de adoptabilidad.

Adolfo y Gustavo salieron de la entrevista sabiendo que Fer tenía casi 5 años, y si no hablaba ni caminaba no era por el síndrome de down sino porque nunca había sido estimulada. Lo que siguió no fue el espanto:

“Creo que ese mismo día empezamos a sentirnos sus padres. Lo que nos contaron nos tocó la fibra más íntima que te puedas imaginar. Yo le dije a Gustavo: ‘¿y si nos ilusionamos y después nos dicen que no? Yo todavía creía que ser una pareja igualitaria nos restaba posibilidades. Él me contestó: ‘Yo no acepto un no. Yo ya sé que va a ser nuestra hija”.

Les hicieron tests psicológicos y ambientales. Citaron a la madre de Gustavo, hermanos, cuñados: todos los que -aún no lo sabían- iban a ser “la abuela de Fer”, “los tíos de Fer”, sus padrinos. “La amaban antes de conocerla”, dice Adolfo.

En abril de 2015, tres meses después de haber leído la convocatoria, el juez llamó a Gustavo y le dijo que habían superado todas las etapas: que podían ir al Hogar a conocerla. Adolfo cuenta esta parte con la voz entrecortada.

“Llegué a casa y había un regalo. Abrí la caja y era un par de zapatillas de nena con una tarjetita que decía: ‘Con estas zapatillas quiero dar los primeros pasos con vos, papá'”. Al día fueron al Hogar.

“Estaba de espaldas hablando con la directora y sentí los pasitos”. La nena estiró una mano hacia Gustavo y la otra hacia Adolfo. “Yo me agaché y ella me abrazó. Imaginate como lloraba yo que ella me palmeaba la espalda, como diciendo: ‘no llores más, acá estoy’. La directora nos dijo: ‘Llevo 30 años trabajando acá, nunca vi antes algo así”.

Salieron y fueron a comprarle ropa: vestidos, moños, zapatos. “No sabíamos ni cómo decir el talle: nos señalábamos la cintura y le decíamos a la vendedora: nos llega más o menos por acá”. Fueron a visitarla todos los días hasta que el juez los autorizó a sacarla del Hogar por primera vez: afuera la esperaba una fiesta. Globos, una torta para festejar su cumpleaños y un cartel que decía “Bienvenida Fer”.

“El problema fue cuando la llevamos de vuelta al Hogar. Dejó de mirarnos, se puso mal, debe haber creído que no íbamos a volver, que le estábamos fallando”. Se fueron llorando y, al día siguiente, los llamó la psicóloga. Les dijo que Fer había llorado toda la noche y que había hablado con el juez para advertirle que eso podía significar un retroceso. “Después dijo: está enviando la orden para que puedan venir a llevársela a casa hoy mismo”.
Sus nuevos papás ya tenían todo listo: la esperaba la fonoaudióloga, las clases de hidroterapia y musicoterapia, la psicopedagoga, la psicomotricista, una escuela común con acompañante terapéutico.

“Cuando la trajimos no caminaba, se arrastraba con la cola. Al mes ya caminaba. Tenía 5 años y pesaba 10 kilos, ahora pesa 21. No habla mucho pero balbucea. Dice papá, a veces ‘abu’. La relación que tiene con su abuela es increíble, parece que se conocen de toda la vida”, dice Adolfo, orgulloso.

Antes le daban un juguete y no tenía reacción, “ahora los elige, sabe cuál le gusta y cuál no. Sabe dónde apretar cuando toca su pianito y si bien siempre fue expresiva, acá aprendió a reírse. Es obvio que a un chico le cambia la vida cuando tiene una casa, un dormitorio, juguetes propios pero me parece más increíble cómo le puede cambiar cuando pasa a tener una familia”.

Su historia no es una más. Estará incluida en el libro “Crónicas de una adopción”, de Natalia Florido, una mujer que fue adoptada de bebé y hoy preside la Red Argentina por la adopción. Y hoy no es un día más para ellos. Hace 13 años que la Red viene presentando un proyecto de ley para instaurar el 15 de septiembre como el “Día Nacional de la Adopción”. El objetivo es instar al Poder Ejecutivo a “desarrollar acciones de difusión para evitar el abandono de niños y promover la adopción”.

Fuente: Infobae

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